La leyenda de La Magdalena

de Pasarón de La Vera

Un contexto real

DOS PERSONAJES, UNA LEYENDA

por Luis Guridi

Una leyenda…

Jeromín, amigo de los hijos del señor de Pasarón, vuelve de caza con ellos y a las mismas puertas de palacio se encuentra con Magdalena, prima de estos que, desde Galisteo, ha venido a pasar los meses de calor con sus tíos.

Ambos, cargados de efusión juvenil, sienten el flechazo del amor de forma súbita e intensa. Tanto, que parecen dispuestos a arrojarse el uno en brazos del otro allí mismo. Pero ese amor no es bien visto en palacio pues, aparte de la edad de los púberes, la mala fama del mozalbete notoria en la comarca y su desconocida procedencia, pondrían en innecesario peligro la virtud de la joven. “Una cosa es que cace con los chicos, otra muy distinta es que pueda manchar el honor de esta joven dejada a mi cargo”, diría seguramente don Alonso que lo que más temía era la posible reacción del padre de la joven, un famoso justero.

Pero igual que Romeo y Julieta, la fuerza del amor adolescente es tremendamente poderosa y el joven con su entusiasmo y sus poemas consigue que nadie pueda evitar que Magdalena “vuele” noche tras noche al balcón. Su tío decidirá entonces guardarla en lo más profundo de palacio, un nevero donde no llegarán los cantos de sirena de Jeromín, ni de él podrán salir los lamentos de ella para ser oídos por el amante. Como en toda leyenda romántica, la separación engrandecerá el amor y hará que ambos enfermen hasta rozar la muerte.

Viendo que peligra la vida de Jeromín, su padrastro Luis de Quijada, acude a palacio para pedir a don Alonso que reconsidere el castigo, pero nada consigue. El señor Manrique de Lara arguye no conocer al padre de Jeromín —nadie lo conoce—, pero aunque jurase respetar a su sobrina, prefiere que ambos mueran de amor a que ella pierda su honra y él mismo sea lanceado por el bruto de su cuñado.

Don Luis de Quijada no puede desvelar el secreto que con tanta lealtad guarda y que arreglaría de un plumazo la situación, pero el mayordomo del Emperador es un estratega nato, y aunque en esto de los líos de amor no está nada ducho, emprenderá un arriesgado plan que incluye una arriesgada visita nocturna al Emperador en Yuste, y que de salir mal, puede acabar con él mismo en el calabozo.

Juan de Austria: un nacimiento con muchas incógnitas

La vida de Juan de Austria es la vida de un héroe de leyenda del siglo XVI: valiente guerrero y hombre de carisma. Su biografía siempre estuvo envuelta en un halo de grandeza, pero también de misterio.

Desde su nacimiento y sus primeros años en Ratisbona, Luxemburgo o Leganés, una época envuelta en sombras palaciegas donde su vida parecía haber quedado en manos del destino, hasta que por orden del Emperador, Don Luis de Quijada lo lleva a su casa de Villagarcía de Campos (Valladolid), para que sea su propia esposa, Magdalena de Ulloa, quien cuide y eduque al pequeño Jeromín. Este la querrá como si fuera su verdadera madre y es aquí donde vivirá los momentos que mejores recuerdos dejarán en su corazón.

En muchas ocasiones Don Juan de Austria volvió a recibir los consejos de su aya Magdalena. Se dice que antes de cada batalla pasaba unos días en Villagarcía junto a ella. Nunca la olvidó y para ella fue su último suspiro.

Pero la leyenda creció. Ya de adulto, sus hazañas en ultramar, sus conquistas, sus amores, de los que poco ha trascendido, su fidelidad a España y a su hermano Felipe II, las traiciones, hasta su muerte, entierro, exhumación y traslado del cuerpo hasta el Escorial, son también episodios cargados de leyenda, acrecentada si cabe por la decisión de su hermano de destruir toda documentación relacionada con él. Decisión que dará alas a la imaginación de quienes siglos después van a estudiar su vida.

Todo es confuso en el nacimiento de este personaje. La mayoría de sus biógrafos coinciden en afirmar que se produjo en Ratisbona y durante los meses de enero o febrero. Respecto al año vuelven a surgir las dudas: 1545 para algunos y 1547 para otros.

No es mi intención en este texto aportar pruebas irrefutables en uno u otro sentido, aunque sí constatar las divergencias evidentes entre sus estudiosos, para poder afirmar que ninguna de las teorías puede situarse como única verdad.

Un primer vistazo general nos advierte que los defensores de la primera fecha son sus contemporáneos y los biógrafos más cercanos a su vida. En cambio, los que señalan el año de 1547, son historiadores que, transcurridos los siglos y, una vez analizadas algunas de las circunstancias, se inclinan a dar por buena la fecha que el propio Juan de Austria grabó en su Toisón de Oro, aunque, según los primeros, este detalle tuviese más que ver con la voluntad del hijo natural de Carlos V de hacer coincidir la fecha de su nacimiento con la del Emperador.

En la primera biografía oficial escrita por Lorenzo Vander Hammen, Juan De Austria, Historia[1], y publicada treinta años después de su muerte, se detalla lugar, fecha y hora, sin un ápice de duda, fechando su nacimiento en febrero de 1545, con lo que el chaval tendría en ese verano la edad de trece años, más cerca de los catorce. Edad que explica muchos de los comentarios que se vertían sobre él, refiriéndose a su porte adulto y su madurez, y que es además perfectamente compatible con una gran afición a las monterías, los caballos y las armas, preferencias señaladas por Don Luis de Quijada cuando le dice a Carlos V que debería olvidar sus intenciones de que el chaval ingrese en alguna orden religiosa. Aparte, claro, de tener la edad suficiente para un romance apasionado, edad media de todos los amantes de las más famosas leyendas.

Hay más historiadores que sitúan el nacimiento ese mismo año. El portal oficial del archivo de documentos históricos españoles Pares[2], data también en 1545 la fecha de nacimiento de Juan de Austria.

Si se intenta fechar por la concepción, también resulta difícil de concretar, ya que el Emperador estuvo varios años en Gante, y existen estancias que validan cualquiera de las dos opciones, según el libro de Manuel de Foronda y Aguilera[3], que relata con precisión el diario del Emperador. Para la de 1547, porque nueve meses antes pudo coincidir con la cantante en Ratisbona, y para la de 1545, porque retrocediendo esos mismos meses, certifica que se encontraba en la zona, como invitado a algunas de las fiestas organizadas por una noble familia alemana.

Las dudas acerca de la veracidad de la madre oficial, Doña Bárbara Blomberg, y la falta de datos de sus primeros años de vida en Ratisbona o en Bruselas, ayudan poco a concretar su nacimiento.

El perfil que de él hace el historiador Henry Kamen en su libro: Poder y Gloria: Héroes de la España Imperial[4], se destaca la obsesión de este hijo natural de Carlos V por aparentar repetidas veces menos años de la que tenía. Así, no sorprende que las fuentes se muestren siempre contradictorias. El propio José Antonio Sánchez Prieto cita en este mismo libro a Luis de Quijada, quien definía la complexión del joven Austria con “un crecimiento, superior a la media de su edad”.

De toda esta confusión, nosotros nos quedamos con la versión de febrero de 1945, por ser la primera fecha de la primera biografía oficial escrita poco tiempo después de su muerte, en 1627, escrita por Vander Hammer —cronista real— y referente obligado de la totalidad de historiadores que han escrito y escribirán sobre Juan de Austria.

Muchos escritores, entre la novela y la biografía, han tratado de recomponer su vida:

Lorenzo Vander Hammer: Juan de Austria. Bien documentada y primera biografía sin novelar del hijo de Carlos V. Publicada unos años después de su muerte con los parabienes de la corte y el clero.

Luis Coloma: Jeromín. Biografía novelada, publicada en 1905, con recursos y referencias documentales, que glosa a un Jeromín angelical, casi sin mácula, niño prodigio de su época, aunque para narrar los hechos reales de su vida recurre constantemente a la biografía de Vander Hammer… menos en la edad. Creemos que porque eso reduciría su imagen infantil.

Baltasar Porreño: Dichos y hechos del Señor Rey don Felipe Segundo, el prudente, potentissimo y glorioso monarca de las Españas y de las Indias. Una revisión biográfica que aúna varias citas entre las que se encuentran Luis Coloma y el propio Vander Hammer. Para certificar la edad de Don Juan, Porreño cita un documento que del que se habla en el libro del padre Coloma[5], relativo a la proclamación del infante Don Carlos como Príncipe de Asturias, el 22 de febrero de 1560, durante las Cortes de Toledo de 1559[6]. En la cita se dice que Francisco de Eraso repara en que Juan de Austria puede no tener los catorce años para poder hacer la Jura. En cualquier caso, si Carlos V no dejó escrita su fecha de nacimiento, ni el nombre de su madre, nadie, ni Luis de Quijada, su mentor, ni el propio Jeromín, sabrían realmente su edad y mucho menos al año, o dos años de haberle conocido.

P. Bartolomé Bennassar: Juan de Austria: Un héroe para nuestro tiempo. Vuelve a hacer referencia a esa acta de las Cortes reunidas en Toledo.

Esos dos años más de edad explicarían, además, que fuese considerado por todos los cronistas sin excepción un joven muy despierto, “gentilhombre” —como dijo Carlos V al verle, según Coloma— y también que con esos trece años, casi catorce, pudiera enamorarse perdidamente de una Magdalena que podría tener esa misma edad en septiembre del año 1558 en el que Carlos V murió en Yuste.

Si poco importó después si tenía unos años más o menos, el dato es crucial para apoyar los mimbres reales de esta leyenda, porque se asentaría sobre una edad más sólida que los doce años del retrato preciosista del padre Coloma que, aunque lo dibuja constantemente como un refinado querubín, la inmejorable documentación histórica que aporta, añade pasajes como la carta que contesta Luis de Quijada a la hermana del rey acerca de una información que le solicita Juan Vázquez, secretario de estado, por orden de la princesa Juana de Portugal sobre un “niño” que tienen en su casa, contestándole Quijada sin querer utilizar la palabra “niño” y usando en su lugar “muchacho”.

Veinte días después del fallecimiento de su majestad imperial, me escribió Juan Bázquez, de parte de la serenísima princesa, que le avisase si era verdad que en mi poder avía un niño, queriéndome dar a entender que se había dicho ser de su majestad, o como yo le avisase, en público o en secreto, de lo cierto dello, para que, si fuese verdad, se probeyese lo que cerca desto dexara ordenado. A que le respondí ser ansí que yo tenía un muchacho de un caballero amigo mío, que me había encomendado años ha.

En el velatorio de Carlos V estuvo Juan de Austria y según consta en el acta que de los presentes hace Vander Hammen, con detalle de todos y cada uno de los asistentes, cita textualmente a Don Juan de Austria, señalando que en ese momento tiene más de trece años:

… y sus albaceas, frai Juan Regla, Luis Quijada, y Martin de Gaztéliu y a vueltas dellos Don Juan de Austria, de edad de treze años poco más; que por averse criado tan sin sospecha de cuyo hijo era, no le pudo causar mucho sentimiento esta pérdida[7].

La Real Academia Española de la Historia[8] intenta zanjar la discusión con la inscripción del Toisón de Oro, sin alegar datos sobre quién aportó la fecha o documento para su inscripción. Como curiosidad, para su biografía, la Academia también se basa en innumerables ocasiones en la biografía de Vander Hammen, en todo, menos en su fecha de nacimiento. Rememoran, eso sí, pasajes del libro del padre Coloma, que recordemos, pone en boca de Luis de Quijada la duda acerca de que el niño que le entrega a su mujer tuviese “7 o 9 años”.

Juan de Austria es lo que hoy llamaríamos un “sin papeles”. Llegó a Villagarcía de Campos con lo puesto, y lo poco que se sabe de su historia antes de ser enviado a España lo tuvo que refrendar él mismo.

A mencionar también el intento de Felipe II de promocionar a su hermanastro, recordado por Isabel Álvarez de Toledo en sus estudios históricos sobre Felipe II y su contexto, donde señala:

Entre las promociones, destacó por desatinado el intento de nombrar a Juan de Austria Capitán General de la Mar, viable en opinión de Felipe II, a condición de que le arropasen “buenos capitanes y consejero”. La iniciativa indignó a Gonzalo Pérez: “téngolo por burla y no sólo por los inconvenientes que V.E. dize, que son muy grandes, sino porque no le cumple a nuestro amo armarle contra su hijo, que no sabemos el valor que terná”. En ciernes D. Carlos, nacido en 1545, el mismo año que el tío “si este otro sale valeroso y se halla con el impío de la mar, quién sabe si se contentará con poco y si le ayudarán de Ytalia y de otras partes”[9].

Habría sido lógico, si hubiese habido una diferencia de edad de dos años, referirse a ello en la protesta del secretario Pérez, pero sólo hace referencia al valor que puede tener el hijo del rey.

Conclusión: Con esta discusión hoy todavía sobre la mesa[10], podemos concluir sin temor a equivocarnos, que prácticamente nadie —ni probablemente él mismo— pudieron demostrar fehacientemente la edad exacta de Juan de Austria. Ese misterio otorga tanta validez a quienes defienden la fecha de 1545 cómo la de 1547 para fechar su nacimiento.

En nuestro caso, y aunque en principio se trate de una leyenda, creemos que la pequeña base real que pudo dar pie a esta leyenda, es otro dato más para inclinar la balanza en favor de los primeros.

Sus padres (más incógnitas)

De lo que no hay duda —puesto que el mismo Emperador lo reconoció— es de que era hijo de Carlos V, pero, ¿quién era la madre? A día de hoy, parece haberse establecido la que fue la versión oficial de la Casa Real tras la muerte del Emperador, que aseguraba que se trataba de Bárbara Blomberg[11], una hermosa mujer a la que la mayoría describen como perteneciente a la alta burguesía de Ratisbona, aunque el hispanista Bartolomé Bennassar[12] considera que no se trataba más que de una ramera muy bella y con grandes dotes para el canto. Una búsqueda de sus orígenes nobles no arroja dato alguno, por el contrario, si aparecen bastantes referencias a su pasado como cantante y a su procedencia de una familia dedicada al negocio de las pieles.

Está documentado que a Bárbara se la casó con Jerôme Pyramus Kegel, un capitán de la guardia de María de Hungría, hermana de Carlos V —tal vez por ello se conocía al hijo del Emperador como Jeromín—, y durante toda su vida vivió del dinero que le pasaron, primero Carlos V y luego su hijo Felipe II.

Tampoco esta maternidad está libre de dudas. Hay quien dice que lo de esta cantante fue un acuerdo para ocultar a la verdadera madre. Es este otro hecho que también narran y recogen algunos historiadores, entre los que normalmente afirman que la madre de Juan de Austria era una noble alemana, tal como dicen Baltasar Porreño[13] o el mismo Lorenzo Van der Hammen[14], quien expone que, con la que tuvo ese retoño Carlos V, era una dama de la alta aristocracia centroeuropea. Son otras las voces que reflejan los comentarios de la época en los que se decía que aquella noble, para ocultar su “falta”, compró los servicios de Bárbara Blomberg, quien se haría pasar por madre del niño a cambio de recibir una pensión vitalicia, o que fue la misma María de Hungría la que organizó todo, versión que cobra fuerza teniendo en cuenta para quién trabajaba el improvisado padre.

La cantante Blomberg, quizá por algún enfado, llegó a decirle a Don Juan que no era su madre. Puede ser esa la causa por la que él nunca la quiso y todo ese amor de hijo se lo entregó a Magdalena de Ulloa, la mujer de Luis de Quijada, que fue quien le educó y que, recíprocamente, lo quiso como a un hijo. No pasa desapercibido para muchos historiadores el hecho de que Magdalena recibiese ese niño de manos de su esposo, sin explicaciones claras a cerca de su origen. Luis de Quijada le anunciaba que

un hombre le entregaría un niño de siete a nueve años, Jerónimo de nombre, y que él la suplicaba, por el amor que la tenía y el que ella siempre le había demostrado, que acogiese al rapaz como madre, y como tal le amparase y educara[15]

De nuevo esos dos años bailando.

Cómo era Jeromín

A trazo grueso se ha descrito a Juan de Austria como un joven de físico y trato atractivos, al que se le atribuyen numerosas aventuras amorosas. Fue apreciado por sus contemporáneos, al que comparaban constantemente con su sobrino el príncipe Carlos, enfermizo y sin brío. Venció a los turcos en la Batalla de Lepanto, con lo que se ganó una buena reputación en toda Europa.

No era alto, y al parecer siempre conservó ciertos rasgos infantiles, dato que bien podría sumarse a la confusión sobre su edad.

Vander Hammer también le describe ayudándose de los testimonios de la gente que vivió con él: temperamento sanguíneo, señoril presencia, algo más que mediana estatura, alegre, inclinado a lo justo, de agudo ingenio, buena memoria, alentado y fuerte, ligero, agradable, cortés, buen honrador de letras y armas, excelente a caballo…

Exceptuando las biografías excesivamente beatas que hacen sobre su vida ciertos autores como el padre Coloma y como el mismo Vander Hammer, que nos dibujan a un angelito que da limosnas, va a misa todos los días y reza el rosario, la mayoría de cronistas le describen como bastante mujeriego desde muy joven, y se relatan varios romances y algún nacimiento natural. De hecho, algún guía de los que enseñan su mausoleo explica los doce anillos de las manos de su escultura mortuoria como recuerdo de todas sus amantes, aunque la realidad pueda ser otra no tan romántica. Es sabido que gustaba de luchar sin guantelete y los anillos evitarían los cortes no deseados.

Sin embargo, todo el mundo certifica que el verdadero amor de su vida fue para Magdalena. Magdalena de Ulloa, aclaro. Cuentan que sus últimas palabras fueron “tía, tía… Magdalena, Magdalena”. Las primeras dos palabras por Magdalena —su aya, a la que llamaba tía— y las dos segundas se supone que también por ella, aunque a los autores de esta adaptación nos gustaría pensar que, dado que los primeros amores quedan grabados a fuego en el corazón, se tratara de la otra Magdalena.

Magdalena, ¿existió de verdad?

Hubo una Magdalena, sobrina de Garci-Fernández Manrique de Lara, III Conde Ossorno, única hija de su hermano Gabriel Manrique de Lara, que al quedar huérfana de padre, fue prohijada por su tío Garci-Fernández y casada con Alvar de Osorio, conde de Villacís. De esa unión nació otra Magdalena, esta sí, coetánea de los hijos de Alonso y por lo tanto de Jeromín, y muy probablemente de su misma edad, con lo que sí que se puede afirmar que existió[16].

Si bien es cierto que hasta hoy no se conocía su existencia, ha quedado perfectamente demostrada en numerosos documentos encontrados recientemente, corroborados por don José Antonio Sánchez Prieto.

Se cree que la razón por la que permanecía oculta era que los historiadores tomaban como referencia los hijos que aparecían en el documento de reparto de bienes de D. Alvar de Osorio, conde de Villacís entre sus hijos, tras ganar el famoso pleito a su padre. En ese reparto no se incluyó a su hija monja, con lo que fue prácticamente borrada de la historia. Hasta que recientemente y gracias a la digitalización de antiguos documentos, como la Genealogiae viginti illustrium in Hispania familiarum de 1712[17], ha podido demostrarse su existencia.

El hecho de que esta Magdalena real terminase retirada en un monasterio da más fiabilidad al dato y, con él, a la leyenda, ya que en casi todas las versiones ella terminaba monja.

La edad en los amores de leyenda

Nunca sabremos a ciencia cierta si se trató de un fugaz flechazo o que por la negativa familiar aquello creció hasta ser un verdadero amor apasionado, pero seguro que la edad no sería un impedimento habida cuenta de la media de edad de los amores de leyenda —o reales— de aquellos tiempos: doce, trece y catorce años. Es más, la edad para este caso es la adecuada y justificaría un amor tan apasionado.

Cierto que hoy nos parecería excesivamente joven. No era lo mismo en el siglo XVI. Con menos incluso se desposaban la mayoría de infantes en bodas reales por motivos de estado o, incluso, por amor. Desgraciadamente, la madurez coincidía con el momento de fertilidad de la mujer.

Es raro, por otro lado, encontrar una leyenda que glose un amor apasionado donde los amantes pasen de la adolescencia. Romeo y Julieta tenían trece y catorce años; Eva y Adán, según el Génesis, no debían tener más de doce y trece años; y los amantes de Teruel dos púberes recién destetados. Esto en cuanto a las leyendas, pero la realidad también es tozuda en ese sentido. Fernando el Católico se casó con dieciséis, Catalina de Médicis con catorce, Lucrecia Borgia con trece, y hasta el mismísimo Enrique VIII fue propuesto por su padre para casarse a los once años. Se vivía menos, pero mucho más rápido.

Hoy, la edad del primer amor ha podido retrasarse. La esperanza de vida y las costumbres de nuestra sociedad han influido en ello, pero esta sigue sin ser un inconveniente para estar formado. Con tan solo trece años Mozart fue nombrado konzertmeister de su ciudad y con esas mismas primaveras firmó Justin Bieber su primer contrato.

Citar por último a Manuel Summers, quien con su película Del rosa… al amarillo (1963) rubricó con notable éxito una cinta donde los amores más puros e intensos los vivían dos parejas, una en la pubertad —doce años ambos— y otra en la tercera edad. Cine, pintura y literatura igualmente han dejado innumerables pruebas de la irrepetible intensidad del amor en esa época de nuestras vidas.

Podemos concluir, al contrario de lo que en principio puede parecer, que si hubiesen tenido más años, la leyenda romántica hubiera perdido credibilidad.

¿Es verídico el contexto histórico?

Dejando a un lado las versiones “contaminadas” de la leyenda, tanto el lugar donde sucede —el Palacio de los condes de Osorno en Pasarón—, como el momento —últimos días de Carlos V en Yuste—, son verídicos en lugar, tiempo y demostrada relación de ambas casas[18]. La enemistad entre el Emperador y el padre de Magdalena podía efectivamente ser cierta, pero probablemente por error en la tradición oral, ese enfrentamiento se le asignó a Don Alonso Manrique de Lara, habitante del palacio en ese tiempo, y no al verdadero padre de Magdalena: Don Alvar de Osorio que, conocida la manera de resolver sus pleitos, bien podría estar enfrentado a esa familia, al pueblo, incluso al mismísimo Emperador. Como siempre, si el río sonaba, agua llevaba.

Don Luis de Quijada residía ciertamente en Cuacos en estos meses y acudía a Yuste con tanta frecuencia, que no supondría ningún problema que entrase directamente hasta los aposentos del Emperador. Sus quehaceres diarios le restaban tiempo para ocuparse de dar vida social a Jeromín. De esa actividad, se ocuparía Don Luis de Ávila y Zúñiga[19], Marques de Mirabel, íntimo amigo de los habitantes del palacio de Pasarón.

Recordaremos también la gran afición de Jeromín por la caza, y se da la circunstancia de que el palacio de los Condes de Osorno en Pasarón había sido anteriormente pabellón de caza de los Álvarez de Toledo y en esa época era conocido en la zona por sus importantes batidas cinegéticas, ya que sus tierras, frondosos bosques llenos de todo tipo de animales, llegaban hasta las mismas puertas del monasterio de Yuste.

El Palacio, un personaje mudo

Existía un pabellón de caza en Pasarón de La Vera, perteneciente al primer Duque de Alba, García Álvarez de Toledo, cuando en 1531 Garci-Fernández Manrique de Lara, III conde de Osorno, lo adquiere a la Casa Condal de Oropesa.

Muy influenciado por el estilo italiano, el III conde de Oropesa, acomete la ampliación del palacio para convertirlo en una gran mansión señorial, concebida como lugar de descanso y recreo, distinta al concepto de palacio y fortaleza que la familia poseía en Galisteo. Es conocida también la intención de los condes de hacer de aquel palacio, su lugar de retiro, conocidas y admiradas las bonanzas de los “aires de Pasarón”, su frondosa vegetación, sus aguas y su abundante caza. Calidades que a buen seguro compartieron con el emperador y su mujer, en la época que se estaban construyendo este palacio.

El estilo arquitectónico suma las características de las diferentes épocas de construcción, además de detalles sorprendentes, como bien detalla José Antonio Sánchez Prieto en su libro Estudio de un municipio de La Vera[20]. Aun siendo una residencia de descanso para la familia Manrique de Lara, la construcción no deja pasar la oportunidad de evidenciar su poder, enorme en esos momentos, y alzarse imponente sobre la parte más alta del pueblo, como explica Francisco Vicente Calle Calle en su estudio “El Palacio de los Manrique de Lara en Pasarón de La Vera: Simbolismo y leyenda”[21]. Remitimos a estos dos estudios, que beben del primer estudio conocido sobre el edificio, firmado por Gervasio Velo y Nieto en el año 1954[22], para quien quiera conocer más detalles sobre el palacio, centrándonos en este estudio en aquellas partes que juegan un papel primordial en la leyenda.

Entendemos que la puerta principal de entrada se sitúa en la fachada que mira al sur-este, en la Plaza del Palacio. Un frontal modesto en tres cuerpos, con dos pequeños balcones en los extremos y una gran balaustrada central situada sobre la puerta principal, de sillería, que aloja el escudo familiar representando las armas del fundador del palacio y las de María de Luna, su esposa. No dando ninguno de ellos a alcoba personal, parece evidente que su uso era más de carácter público, para ser vistos o comunicarse con los llegados o convocados en la plaza, que a dar luz o aire a espacios privados.

Creemos por lo tanto que esta fachada servía de comunicación de la familia con el pueblo, reservando el balcón principal, que abre una espaciosa solana, franqueada por una balaustrada cortada en tres tramos por sendas columnas, para actos solemnes, donde la familia se situaría bastante por encima del pueblo, para dejar bien sentada su superioridad; y otra ventana o pequeño balcón, situado en el cuerpo derecho, abierta a la escalinata común, lo que subraya su uso comunitario, bellamente decorada con relieves de balaustrada y capiteles. Queda suprimida así cualquier intención de poner sobrias barreras, más propias de la defensa, y que curiosamente se sitúa próxima al suelo y, por lo tanto, creemos que para una comunicación más directa y cercana, y por su tamaño, más de persona a persona.

Sería por lo tanto, por su importante decoración y sus características, el balcón idóneo para una comunicación directa y cercana de una de las personas del palacio con cualquier amigo, conocido o pretendiente, ya que además, la ausencia de huecos en la falsa balaustrada deja ver sólo lo estrictamente necesario, evitando exponer a la vista todo el cuerpo.

Por otro lado, cualquier persona que quisiera comunicarse con la familia, lo haría en esta plaza a través de los huecos del palacio, conductos oficiales y reconocidos de comunicación con el mundo, sin alertar al resto de durmientes, ya que las ventanas y balcones que dan a la fachada de poniente, igual que las interiores, se considerarían privadas, para el uso y descanso familiar.

¿Pudo encerrar realmente Don Alonso a Magdalena en una profunda mazmorra?

En cuanto al nevero, verdadera pieza dramática que materializa la leyenda, un extraño pozo que asoma al el salón de los azulejos desde los sótanos del palacio, cito la definición que de él hace Velo y Nieto:

En el llamado salón de los azulejos, planta baja del referido palacio, a poco más de un metro de altura y junto a uno de sus rincones, se abre una ventana que comunica con el vano de un a modo de contrafuerte que corre vertical por todo el largo de la pared, sobresaliendo en la habitación de al lado como si fuera una chimenea adosada, fabricada exclusivamente con piedra berroqueña labrada, detalle que destaca porque todos los tabiques fueron construidos con mampostería ordinaria. Aboca dicho vano, que recuerda el hueco destinado a un diminuto ascensor, en un departamento subterráneo situado exactamente bajo el mencionado salón, y en él aparecen abiertos un pozo bastante profundo y una especie de silo o habitación cuadrada empotrado en el suelo, de varios metros de profundidad y paredes lisas, sin más que unos pequeños agujeros abiertos en dos de sus ángulos, que inducen a pensar sirvieron alguna vez para sujetar travesaños de hierro o madera y poder así colocar encima un vulgar camastro.

Si una cesta u otro artefacto cualquiera atado con una cuerda se deja deslizar por el hueco en cuestión a través de la referida ventana, cae precisa e irremisiblemente en la pieza empotrada y anteriormente descrita, de la cual además no es posible salir sin el auxilio de otra persona, y ello en todo caso valiéndose de una soga, maroma o escalera de mano. Tales circunstancias y características inducen a creer que fue un aljibe, más probablemente un pozo para nieve, o que nos encontramos ante una de aquellas auténticas mazmorras de la Edad Media, cuya existencia ha sido tan comentada por cronistas e historiadores de todos los tiempos[23].

No cabe duda de que esta construcción en vertical y descendente, junto con las enormes y también curiosas chimeneas, en vertical y en ascendente, dotan al palacio de un carácter simbólico muy especial.

La existencia de ese poco usual nevero —léase, aljibe o mazmorra—, que no sabemos si ya existía en la casona del duque de Alba o se mandó construir en la reforma de Manrique de Lara en 1531, dio un buen motivo central a esta leyenda y la dotó de un carácter propio que se movía entre el misterio y el lado oscuro, de algo que nadie en el pueblo conocería y menos, podría explicar.

Estaba cantado que si alguien desaparecía de la vista de criados y servicio del palacio, la explicación más atractiva era señalar a ese oscuro nevero, en el que la vista no alcanzaba a llegar al fondo.

Tanto el autor de ese primer estudio, Velo Nieto, como Calle Calle y el propio Sánchez Prieto, asocian en sus respectivos trabajos este extraño elemento, con el origen de la leyenda y citan algunas de las versiones escritas, pero al estar firmados en años anteriores a 2017, año en el que se certifica la existencia real de Magdalena Manrique de Lara, hablan de la posible relación de Jeromín, con cualquiera de las hijas de don Alonso.

Creemos que el hecho de que en ese palacio hubiera un nevero o una cavidad tan profunda, alimentó la imaginación popular dándole un sentido hasta maléfico. En este caso, la leyenda parece darle la razón al folclorista Timothy R. Tangherlini que definía estas leyendas como: “reflejo de una representación psicológica simbólica de la creencia popular y de las experiencias colectivas”[24]. En este caso, la pesadilla colectiva de los pasaroniegos a terminar encerrados en aquel misterioso pozo, miedo que en esta adaptación teatral los autores personalizan en el personaje de Lorenzo.

Pudo tratarse sencillamente de un encierro forzoso en sus aposentos, pero pensemos que todas las habitaciones poseen ventanas exteriores, nada seguras tratándose de amantes enardecidos y, qué duda cabe, el nevero es mucho más interesante desde el punto de vista narrativo.

Pensamos sin embargo que el extraordinario temor que pudo haber provocado un famoso justador como don Alvar de Osorio, padre de Magdalena, en un noble tranquilo —a juzgar por la vida en los aires dulces pasaroniegos— como Alonso. Esto pudo llevarle —y es solo una conjetura— a cometer cualquier barbaridad para evitar que su sobrina perdiese la virtud en su casa, aunque ello le costase la salud. Hoy sabemos que en aquella época muchos valoraban más lo primero que lo segundo.

¿Un amor imposible?

La leyenda dice que fue un amor imposible. En unas versiones por imposibilidad física del encuentro entre los amantes, en otras por la enemistad de los nobles con el Emperador. Ya hemos señalado que ambas son posibles: la primera, por la existencia de un nevero que haría las veces de la peor mazmorra; y la segunda, por la enemistad real, no del señor de Pasarón, sino entre el padre de Magdalena y el Emperador por el pleito que mantuvo aquél contra su padre, amigo personal de Carlos V.

El único dato real del que disponemos para saber cómo pudo terminar ese romance es el codicilo que adjuntaba el testamento del Emperador, por el que Jeromín fue llamado a ocupar su lugar en la historia, algo completamente inesperado para ambos jóvenes, y probable razón —o no—por la que ella optase por ingresar de novicia. Todo lo demás, como siempre, pertenece a la leyenda, pero a nosotros nos gusta pensar que, como todo primer amor nunca se olvida, ambos guardaron para siempre en su corazón aquel intenso y puro que iluminó sus vidas aquel verano de 1558 en el que se apagaba la de Carlos V en Yuste.

Se sabe que Juan de Austria pensaba pasar sus últimos días con su aya Magdalena de Ulloa en Villagarcía de Campos, en tierra de Campos, a tan solo siete kilómetros de donde la otra Magdalena, su primer amor, se había retirado. No pudo. Murió joven y hay quién dice que un amigo de Don Juan, que presenció el descuartizamiento de su cuerpo para ser llevado en mulas al Escorial, cogió su corazón para cumplir el encargo de llevárselo a Doña Magdalena de Ulloa.

Hoy, el cuerpo de Juan de Austria descansa en el Monasterio del Escorial, y curiosamente, en Villagarcía de Campos, la pequeña basílica mandada construir por Doña Magdalena guarda un gran número de reliquias de santos y personas ilustres, algunas sin identificar, y su estructura y diseño se parecen tanto al afamado Monasterio madrileño, que es llamada: “la pequeña Escorial”. Ahí lo dejamos.


[1] Lorenzo Vander Hammen y León: Historia de D. Juan de Austria. Editor L. Sánchez, 1627. (Biblioteca de la Abadía de Monserrat)

[2] Portal de Archivos Españoles del Archivo General de la Administración: http://pares.mcu.es/

[3] Manuel de Foronda y Aguilera: Estancias y viajes del Emperador Carlos V: Desde el día de su nacimiento hasta el de su muerte, comprobados y corroborados con documentos originales. Edición digital basada en la edición de Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1914. Edición digital en Cervantes Virtual.

[4] Henry Kammen: Poder y gloria: Los héroes de la España imperial. Barcelona, S.L.U. Espasa Libros, 2010.

[5] Padre Luis Coloma: Jeromín – Estudios históricos sobre el siglo XVI. Imprenta de la Compañía de Jesús, 1905. Edición digital en la Biblioteca Digital Hispánica.

[6] Manuel Colmeiro: Cortes de los antiguos reinos de León y Castilla. Madrid, Real Academia de la Historia / Sucesores de Rivadeneyra, 1885. Edición digital en Cervantes Virtual.

[7] Lorenzo Vander Hammen y León: op. cit.

[8] Diccionario Biográfico electrónico (DBe) de la Real Academia de la Historia: http://dbe.rah.es/biografias/13446/juan-de-austria.

[9] Archivos web de Isabel Álvarez de Toledo: Amerilis / Felipe II y su contexto, enFundación Casa Medina Sidonia. https://www.fcmedinasidonia.com/isabel_alvarez_toledo/amerilis.

[10] Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_de_Austria.

[11] Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Barbara_Blomberg.

[12] Bartolomé Bennassar. Don Juan de Austria: Un héroe para un imperio. Barcelona, Temas de Hoy, 2000.

[13] Baltasar Porreño: Dichos y hechos del Señor Rey don Felipe Segundo, el prudente, potentissimo y glorioso monarca de las Españas y de las Indias. Madrid, Museo del Prado, 2000.

[14] Lorenzo Vander Hammen y León: op. cit.

[15] Padre Luis Coloma: Jeromín – Estudios históricos sobre el siglo XVI. Imprenta de la Compañía de Jesús, 1905. Edición digital en la Biblioteca Digital Hispánica.

[16] “Magdalena Osorio, hija de Alvar Pérez Osorio señor de Villacís y Cervantes, y de Magdalena Manrique de Lara. Sobrina segunda de los Señores del Palacio de Pasarón”, en Anales de la Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía. Volumen IV ISSN: 1133-1240.

[17] Jacob W. Imhoff: Genealogiae viginti illustrium in Hispania familiarum. Leipzig, Johann Friedrich Gleditsch, 1712. (Biblioteca Estatal de Baviera).

[18] Jose Antonio Sánchez Prieto: https://asociacionculturallamagdalena.wordpress.com/eleccion-de-yuste-por-el-emperador/.

[19] “Luis de Ávila” en Wikipedia: https://es.wikipedia.org/wiki/Luis_de_Ávila.

[20] José Antonio Sánchez Prieto: Estudio de un municipio de La Vera. Pasarón de La Vera, 1971, págs. 63-67.

[21] Vicente Calle Calle: “El Palacio de los Manrique de Lara en Pasarón de La Vera: Simbolismo y leyenda”, en Actas de los XVIII Coloquios Históricos-Culturales del Campo Arañuelo. Navalmoral de la Mata, 2012, págs. 87-104.

[22] Gervasio Velo y Nieto: “Solar de los Manrique de Lara en la Villa de Pasarón”, en Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, tomo LVIII, 1954.

[23] Ibidem, págs. 176-178.

[24] Timothy R. Tangherlini: “It happened not too far from here: A survey of legend theory and characterization”, en Western Folklore, núm. 49, 1990, págs. 371-390.

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